Estar a solas es tan vital como estar en compañía
- La Amiga Histórica

- 8 jul 2019
- 6 Min. de lectura
Actualizado: 20 abr 2020
Hace poco me hice consciente de cuánto disfruto (hasta el punto de anhelar) pasar tiempo a solas.
Cuando comienzo a sentirme un poco rara, agobiada o malhumorada, me pregunto cuál puede ser la causa, y cuando me hago consciente que es falta de 'Me time' me lo digo verbalmente para hacerlo más obvio y, así dar paso a lo siguiente... Pensar en cosas que disfruto hacer.
Bueno, dije pensar, pero realmente no es un acto completamente racional, es más bien una lectura silenciosa y atenta de lo que mi cuerpo, mi alma o mi mente necesitan, entonces se los doy.
Una vez lo identifico, se vuelve mi plan perfecto. Ese sí no es un acto automático ni transaccional, es un acto consciente de amor y auto-celebración.

En ocasiones creo tener claro qué necesito, mientras que en otros momentos no tengo idea.
Entonces comienzo a explorar y a preguntarme: De todo aquello que disfruto, ¿Qué es eso que quiero experimentar?... Y tranquis, no hablo de paracaidísmo o rafting (que también se vale, depende de los gustos, el tiempo y el presupuesto de cada quien). En mi caso, suelo hacer cosas que requieren pequeñas inversiones de esfuerzo y dinero. Son la creación de pequeñas situaciones un tanto hedonistas, pero absolutamente necesarias para alcanzar la tranquilidad y el equilibrio con mi ser, estar y hacer...
Y es que se habla tanto de dedicar tiempo de calidad a otros, cuando la calidad de ese tiempo que dedicamos a los demás depende en gran medida de la calidad de tiempo que invertimos en nosotros mismos.
Si amamos estar rodeados de personas, nuestra responsabilidad también es darles el placer o lujo de compartir con alguien que le gusta conocerse, que está dispuesto a aportar algo, una sonrisa real, escuchar sin juzgar, una palabra en el momento adecuado, o silencio cuando se sabe que no es necesario hablar.
Por eso, aquí va una lista de diferentes formas de pasar tiempo de calidad a solas, que funciona para mí, y pueden ser una fuente de inspiración, y una invitación a que cada uno explore sus diversas formas de aprovechar esos lujosísimos momentos de soledad.
1. Conectarse con el sentido del gusto... Cocinar, probar una nueva receta fácil y rápida, alguna vieja confiable o comprar un postresito/helado (ambos)
Fácil y rápida, porque aunque tengo sazón, carezco de sentido común para cocinar. Por ende, el grado de complejidad, el tema culinario y demás, es ajustable a cada persona.
Como amo los postres, suelo buscar recetas para hacer brownies en el microhondas, o postres sin horno, recetas en tres pasos, desayunos con tres ingredientes, etc... ¡Las posibilidades son infinitas! Los resultados estéticos no suelen ser los mejores, pero la satisfacción es enorme, pues además de comerme algo rico, invierto el tiempo en fortalecer una habilidad que sé me falta un montón por desarrollar y que de hecho no pretendo perfeccionar, sólo disfrutar del proceso y del resultado.
Cuando no quiero innovar suele ser porque ya tengo claro qué quiero comer... Una de esas tantas cosas que me encantan, entonces simplemente repito una receta que ya tengo memorizada...
Me preparo unos pancakes de banano (no importa la hora o el día), hago una exótica ensalada de frutas, o salgo en busca de un postre, generalmente luego de dar muchas vueltas, y teniéndolo incluso claro desde el comienzo, voy por una porción de torta de chocolate.
2. Leer o releer un libro
Como muchos, tengo una lista de libros que veo y quiero leer, y que por ende quiero comprar. Si hago el plan temprano en la mañana, salgo al centro de la ciudad, y voy directo al lugar donde sé voy a encontrar libros a buenos precios incluso de segunda mano. Lo compro, voy a un café, me tomo un eterno té (con un postresito) y leo un rato mientras veo la gente pasar.
Si no tengo tiempo o energía para salir, vuelvo a leer un libro que me gusta mucho... Como dice la frase que acabo de adaptar, "uno siempre vuelve a los libros que le enseñaron a amar la vida"... Cada nueva oportunidad que le vuelvo a dar a ese libro, es en realidad una nueva oportunidad que me estoy dando a mí para comprender algo nuevo, que en la o las ocasiones anteriores había pasado por alto, o no estaba lista para comprender o disfrutar.
3. Un largo baño de agua caliente o fría.
Nuevamente, la temperatura y otras variables dependen de los gustos, el estado de ánimo, del clima. Lo que en realidad importa es el ritual. El agua es símbolo de vida, de limpieza, de movimiento, de emociones, de profundidad.
Bañarse se vuelve un acto automático de aseo personal, pero de vez en cuando es genial verlo como una oportunidad para limpiar las ideas, la mente, los miedos, las limitaciones, etc. El grado de trascendencia e introspección se lo da cada uno según su forma de ser, de lo que crea y de cuán místico o pragmático sea su pensamiento.
Para quien gusta de la mentalidad con toques de magia, en el poder de la imaginación, de la mente, puede buscar rituales y productos para complementar el baño... Desde una esencia hasta una esponja, todos esos elementos van a jugar un papel auxiliar en la misión de disfrutar, conectarse, pensarse y estar aislados de ruido, escuchar el pensamiento, o por el contrario, despejarlo, para los más prácticos y racionales.
4. Muy ligado a lo anterior, acicalarse.
Sí, suena obvio, incluso superficial, pero para quienes se preguntan cómo empezar a cultivar su amor propio, una práctica tan simple como hacerse cargo del cuerpo, de su limpieza y bienestar, puede ser un punto de partida sencillo y determinante en ese camino tan temido pero altamente gratificante de estar con uno mismo, aceptarse y quererse.
Una vez más, los pasos y detalles varían, así como los productos y tiempos. Yo soy una de esas que debe reservar medio día de la semana para ello, principalmente porque soy lenta, y cada tarea me toma tiempo.
Hacer mascarillas con productos naturales (frutas, especias, aceites, hiervas y demás) para el rostro, el cabello o la piel en general es de las tareas más satisfactorias, porque requieren tiempo, son sencillas de hacer, los resultados son inmediatos, y la contaminación (a mi cuerpo y al planeta) es mínima o nula.
5. Actividad física
Más allá de buscar ser un deportista de alto rendimiento, es moverse, sacudir el cuerpo, despegar las articulaciones, generar endorfinas y demás neurotransmisores encargados de hacernos sentir bien. Así también aprovechamos para quemar más que grasa y calorías... Transpirar miedos, ideas irracionales, sensaciones de incapacidad, barreras mentales, y tonificamos más que músculos, la mentalidad de convencernos de que tenemos la capacidad de hacer lo que nos propongamos.
Quienes aseguren que el deporte no es para ellos, es tal vez porque no han encontrado esa actividad que disfrutan tanto que no le llaman deporte, sino hobbie. Las opciones como siempre son casi incontables. Rumba, aeróbicos, yoga en casa, en un parque, natación, dar un paseo en bici, patinar, un arte marcial, ¡Y hasta twerking!.
Lo que importa es explorar hasta encontrar esa actividad que combina con la personalidad, los gustos y las posibilidades.
6. Ver una película/serie/documental etc
Ver una buena película, serie o documental no es perder el tiempo. El cine, y en general las producciones audiovisuales son una infinita y riquísima fuente de conocimiento, enseñanzas y cuestionamientos que además de movernos emocional y mentalmente, también nos están nutriendo el intelecto, dando respuestas a preguntas que ni sabíamos que teníamos, confirmando dudas o decisiones que temíamos o nos arrepentíamos de haber tomado.
Para los más críticos o sensoriales, también son un estímulo a ese gusto por el arte, la fotografía, la música, las letras, los géneros, actores, los libros, la historia, seres ficticios o tan crudamente reales que confundimos con nosotros mismos, realidades paralelas, entre miles de otros.
7. Ser artista por unas horas
Así como en la opción de hacer deporte, más allá de buscar la creación de una pieza de arte abstracto o realista super millonaria (que vendría genial), es conectarse con ese lado creativo que todos todos TODOSS tenemos.
El arte lo creó el hombre como una forma de dejar hablar el alma, no pretende buscar la perfección o el entendimiento (ni propio ni ajeno). Para mí, es el canal de comunicación más directa con nuestro ser en su estado más puro.
Crear algo, pintar, escribir, hacer fotos, componer, bailar, actuar, etc... Nos permite dejar de lado la racionalidad, esa que busca lo lógico y explicable, para dar paso a lo sensitivo, intuitivo e instintivo.
Conectarse con el arte es el mejor regalo que nos podemos dar, es la apertura a la experiencia de vida con nuevas sensaciones, nuevas ideas, diversas formas de ver, sentir, estar, existir, amar.
En conclusión, estar a solas es tan vital como estar acompañado. Para muchos es inconcebible, para otros es anormal, para mí es una necesidad tan básica como socializar.
Cuando estoy conmigo puedo ordenar mis pensamientos, mis prioridades, diferenciarlas de mis necesidades, de las necesidades, expectativas y proyecciones de otros.
Pasar tiempo a solas me recuerda que valgo un montón, que el miedo a (inserta aquí el tuyo) es irracional, y que lo peor que puede pasar es que pueda continuar dándome espacios que me proporcionan estados de tranquilidad y conexión, armonía y paz conmigo misma, con mis sueños, mis metas, mis planes y por consiguiente, con el otro.



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